El cuidado extremo de las palabras

“El cuidado extremo de las palabras.”

Autor: Ricardo Teodoro Ricci
Médico.
Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Tucumán.
Argentina

“Words are events, they do things, change things. They transform both speaker and hearer; they feed energy back and forth and amplify it,” Ursula K. Le Guin wrote in her masterful meditation on the magic of real human conversation. “They feed understanding or emotion back and forth and amplify it.” But in moments of pain or anger, when words spring from the rawest recesses of the heart, they can amplify our deepest insecurities and emotional vulnerabilities, in turn fueling a maelstrom of mutual misunderstanding.

https://www.brainpickings.org/2015/10/21/telling-is-listening-ursula-k-le-guin-communication/

En nuestras interacciones de todos los días, las palabras son extremadamente valiosas y deben ser cuidadosamente administradas. Esto no significa que nos vamos a privar de las bromas o las ironías, significa que además de custodiar las palabras aisladas es imprescindible cuidar las construcciones que hacemos con ellas; y no sólo eso, también debemos vigilar lo que denomino la “ecología de la conversación”. Me gusta referirme con ese término compuesto a la totalidad compleja del sistema implicado en toda comunicación humana.
Hace unos años, para hablar de comunicación se recurría al hoy superado esquema del emisor, el receptor y el canal o ‘tubo’ de vinculación. Es cierto que en un momento dado se cayó en cuenta que la comunicación se producía en ambos sentidos, y que las condiciones de emisor y receptor resultaban relativizadas por la direccionalidad del mensaje. Se sostenía además, que la comunicación se reducía (sólo se trataba de ello) al flujo de información que iba y venía por dicho ‘tubo’.
Este esquema inicial ha evolucionado para bien porque hoy reconocemos que se ha vuelto inclusivo y complejo, características que por cierto, nunca dejó de tener y que en el natural esfuerzo por comprender el modelo resultaba reduccionista. Se había intentado hacer simple lo complejo procedimiento que necesariamente desnaturaliza la cosa o el fenómeno a estudiar.
Es así que hoy podemos hablar de esta “ecología de la conversación”, el contenido informativo explícito le ha cedido el protagonismo a la relación. Es en ese vínculo relacional en el cual se produce la aventura a veces impredecible de la conversación.

“El mensaje no solo implica, es una relación entre el hablante y el oyente. El medio en el que se inserta el mensaje es inmensamente complejo, infinitamente más que un código: es un lenguaje, una función de una sociedad, una cultura, en el que el lenguaje, el hablante y el oyente están todos integrados.

Efectivamente en la conversación se hace patente un ‘medio’ de extrema complejidad en el cual los mensajes se incorporan a un lenguaje que precede a los constituyentes y que informa (da forma) al intercambio de las presencias. Al mero código se le suman el ambiente físico, las particularidades y modismos de la lengua, las características de la sociedad que circunda e incluye, y fundamentalmente la cultura en la que el encuentro se realiza. La conversación entonces, se desarrolla en un contexto complejo, constituido por variados componentes materiales y simbólicos bajo un paraguas cultural en el que la presencia física de los dialogantes posee importancia máxima.

Toda conversación, sean cuales sean sus características, implica la necesidad de la existencia o ‘aparición’ de otro. No hay hablante sin auditorio, no existe auditorio sin hablante. La conversación siempre supone la complejidad del sistema dialogal.

Hannah Arendt lo dice de manera magnífica, radicalizada pero magnífica:


“Nada podría aparecer, la palabra “apariencia” no tendría sentido, si no existieran los destinatarios de las apariencias, criaturas vivas capaces de reconocer, reconocer y reaccionar, en fuga o deseo, aprobación o desaprobación, culpa o elogio, lo que no está simplemente allí, pero se les aparece y está destinado a su percepción. En este mundo en el que entramos, que aparece de la nada, y del que desaparecemos en la nada, el Ser y la Aparición coinciden… Nada y nadie existe en este mundo cuyo ser mismo no presupone un espectador. En otras palabras, nada de lo que es, en la medida en que parece, existe en singular; todo está destinado a ser percibido por alguien…”

Ese es el mundo robusto y a la vez extremadamente frágil de la comunicación humana. Para sintetizar podríamos recordar que toda instancia comunicativa humana es extremadamente compleja, e implica de manera necesaria la presencia del otro. Es decir, si alguien narra una historia es porque alguien está atento a ella, de lo contrario el hechizo se rompe. Si alguien pide que se le narre una historia, el milagro sólo se producirá si hay un otro dispuesto a complacerlo.

El caso del vínculo con los pacientes

“Pero en momentos de dolor o ira, cuando las palabras brotan de los recovecos más recónditos del corazón, pueden amplificar nuestras inseguridades más profundas y vulnerabilidades emocionales, alimentando una vorágine de mutuo malentendido”

Este es el momento del extremo cuidado; en la interacción médico –paciente las palabras son bálsamos o dinamitas. Es el momento que tan bien describe Úrsula Le Guin aproximadamente con estas palabras: Escuchar no es una reacción, es una conexión. Al escuchar una conversación o una historia, no respondemos tanto como nos unimos, nos convertimos en parte de la acción.

Con los pacientes podemos rehuir el diálogo, podemos simplemente limitarnos a brindar correctamente o no, una información descarnada, científica, objetiva y desapasionada. En ese caso la conversación, la cercanía, la compañía y la compasión, son inexistentes, no debemos engañarnos a nosotros mismos. La mera información académica, el pronóstico objetivo, pueden resultar devastadores y pueden generar vínculos intoxicados.

Es en la escucha, en el tiempo dedicado a conocer quién es nuestro paciente en donde se va construyendo una fértil conexión. Mediante el acto de participar (de cuerpo, mente y alma presentes) en una conversación, en el ir y venir de las historias, es como logramos hacernos uno (unirnos) con ellos. La historia que va incluyéndonos a ambos con el paso del tiempo permite que tomemos parte en la acción. ¿Qué acción? El proceso de ‘tu’ enfermedad que va transformándose en ‘nuestra’ enfermedad.

Recordemos que somos parte indispensable del vínculo; que si aspiramos a que en el sistema aparezca el consuelo, alguien, nosotros o el paciente debe aportarlo; si queremos que surja la esperanza, ella debe ser aportada, traída al medio ecológico. Las historias contadas y las historias escuchadas son el combustible que mantiene encendida la llama de la compasión mutua.

En esos momentos de ira, dolor y desesperación, en esos momentos de los malos entendidos, es cuando los médicos debemos ser más cuidadosos de nuestras palabras y de nuestras historias. Podemos recordarlo siempre: “nuestras inseguridades más profundas y vulnerabilidades emocionales” pueden ser reconfiguradas en oportunidades sanadoras.

Ricardo Teodoro Ricci

Ricardo Teodoro Ricci

Yo también nací en el '53. Soy esposo, papá de seis hijos y abuelo de ocho nietos. Médico desde hace 40 años. Recientemente jubilado de la docencia universitaria. Lectoescritor

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